Día 58
Hoy no fue un jueves de 28 horas, fue un jueves de tranquilidad al aire libre, de un atardecer envuelto en verde.
Me desperté a las 14:00, reposado, con hambre. El teléfono sonaba en la cocina, creo que fue lo que me despertó, sonó un buen rato, al cuarto timbrazo aventé las sábanas con las piernas y me estiré hacia la silla para jalar los pantalones, no me había puesto mi pijama de Sponge Bob porque ayer fui a lavar y quedó un poco húmeda, así que estaba en el baño encima de un calentón.
Me estaba metiendo en los pantalones, todo adormilado, el teléfono seguía sonando, pero para cuando por fin me puse de pie, se calló justo al mismo tiempo escuché el ruido de uno de los refrigeradores, ese ‘tttrrrr’ que hacen a veces.
- Demonios – pensé mientras me tiraba de espaldas nuevamente a la cama.
Estuve unos 10 segundos viendo el techo, en blanco, hasta que me abordó un impulso abrupto y me estiré de golpe, aventándome con los brazos de la cabecera de la cama y alargando las piernas.
Me puse de pie, prendí la computadora y revisé el correo. Mi madre acaba de comprar un monitor nuevo para la computadora de casa, porque el anterior se apagaba a cada rato, estaba poseído por el chamuco de seguro.
Desayuné empanadas de queso, de las que se tuestan. Abrí las bolsas que me había dado Lili el día anterior, hay bastante comida, albóndigas enlatadas, espagueti, unos como twinkies pero son de Bimbo, leche, cola cao en bolsitas, el zumo de naranja que estoy acostumbrado a beber por las mañanas y muchas otras cosas más, desayuno y comida para 4 días. Claro que ayer, me comí casi la mitad de las comidas, empecé con las que no estaban enlatadas, o para que yo las prepare, como carne y esas cosas.
Los brasileños no estaban en la residencia, seguramente habrán ido a buscar trabajo, al parecer Rapha ya consiguió en Madrid, cerca de la estación de Atocha, de mesero, empieza este sábado. También nos contaron que siempre les dieron permiso de quedarse en las residencias hasta el 15 de este mes, lo que resulta bastante conveniente porque aún no encuentran dónde quedarse.
Toño me había comentado, hace algunos días, que había visto un parque por el barrio del Val., detrás de la unidad deportiva. Entonces, el plan de hoy era ir a ese lugar para pasar la tarde.
Me lo había descrito como un lugar enorme, con muchos árboles y un río donde la gente pescaba.
- ¿Fotografíable? – le había preguntado, mientras me lo describía.
- Si, bastante.
- Pues, claro que vamos entonces.
Después de desayunar, me cambié y me estaba alistando; Toño ya estaba un poco desesperado, pero terminé de rasurarme la triste barba que me sale, justo a tiempo, y nos fuimos a paso veloz. Eran las 16:00.
En cuanto salimos de las residencias, vi el cielo y la ciudad, el día estaba excepcionalmente brillante, sentía algo en la atmósfera, el cielo estaba completamente despejado, ‘29°’ decía uno de los tantos relojes que hay por la ciudad.
- Que bonito día, ¿no? – me nació decir, cuando caminábamos por una calle cuesta abajo.
- Si – contestó Toño, mientras yo sentía como el Sol me calentaba la cara y el pecho.
En el trayecto de 30 minutos desde las residencias hasta el parque, nos cruzamos con varias nubes de polen que bailaban por las calles; la primavera ya llegó, y aquí, habiendo tantos árboles y plantas, es perfectamente notable el flujo de polen.
Son como pequeñas bolitas de algodón que flotan en el aire, se impactan con los cabellos y ojos, de repente vas por la calle y al dar la vuelta en una esquina te ves atrapado por una mini tormenta de cositas blancas o amarillas [y si tienes la una mente retorcida, a veces la idea de estar ahí no es tan bonita, porque sabes qué son esas cosas y sabes qué es lo que los árboles están haciendo con ellas]
La verdad es que el parque no era lo que yo esperaba, sin embargo, es bastante agradable de todas maneras, solo que está un poco descuidado, es decir, se nota que en algún tiempo fue muy muy bonito, ahora solo es muy bonito.
El río no es muy limpio, yo me lo imaginaba cristalino, hermoso, pero no, no es un cochinero de desechos, pero se ve un poco obscuro y hay pecesillos, patos y gansos. Hay un campo abierto grandísimo, que fue lo primero que vi y lo que más me impresionó, la hierba me llegaba hasta 4 dedos debajo de las rodillas. Dentro de ese enorme campo abierto, al que rápidamente le eché el ojo para ir a descansar bajo su sombra.
- Demonios – pensé mientras me tiraba de espaldas nuevamente a la cama.




[a partir de aquí, es en la computadora]

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